domingo, 29 de junio de 2008

SANTOS VERGARA



"La Sirvienta"

Vendrás a mí, como siempre, envuelta en el silencio de tu cansancio, con tu aroma de cebollas y lavandina en los dedos, con tu sonrisa de coral y azúcar, buscando en mis brazos la tibieza de otra tarde. Y nos iremos juntos, tocándonos las manos, caminando por las veredas anónimas del pueblo, mientras mi bicicleta irá rodando su celo a nuestro lado y las sombras vendrán a la distancia lamiendo nuestras huellas.

En la plaza, buscaremos el banco de siempre y allí instalaremos el estremecimiento de nuestra ternura, mientras los últimos pájaros buscarán refugio entre los árboles y una constelación de faroles se encenderá a nuestro alrededor. Entonces miraré en silencio la humedad de tus ojos, hundiré en la noche de tus cabellos mis dedos todavía manchados de cal, secaré una a una tus lágrimas con mis besos y te nombraré mi reina para siempre. Qué importa, mi vida, que tu patrona haya comentado a su vecina, entre irónica y medieval, que el sujeto que merodea la puerta de servicio “es el peor, es nada de mi sirvienta”. Cuando sea realidad el castillo que soñamos y sea nuestro el príncipe que la habite, ya no necesitarás volver a la sombra de esa casa con fachada de paraíso y corazón de infierno.


Santos Vergara



"El perro"


Dejamos la fiesta en su plenitud. Afuera la noche era inmensa y gratificante. Las paredes parecían flotar en la oscuridad. Hasta nosotros llegaban los retazos de música, la caótica alegría de los otros. Las flores de tus trenzas me guiaban. Ibas adelante, como una sombra entre las sombras, por un camino en pendiente que sólo tus pies conocían. Lejos quedaba el tajo de luz por donde nuestros cuerpos habían escapado. ¡Cómo lloraban los erkes sobre el pueblo dormido! Alrededor se alzaban los cerros como catedrales fantasmales. Yo iba aferrado al hilo de tu risa, ascendiendo hacia un cielo sin estrellas, buscando el espacio donde pudiéramos desatar toda nuestra ternura. Pero nos detuvo el ladrido de un perro en la ladera, la voz que pronunció tu nombre. De pronto tus manos rozaron apenas mi rostro, como leves mariposas en fuga. Quise atraparlas, pero solamente conseguí un susurro: “¡mañana!”, y tus alas se hundieron en la noche.

Dolorosa fue la tarea de descifrar el camino de regreso. Todavía lastima mi memoria el llanto desconsolado de un perro.

Santos Vergara



"El jardín"


Mi madre tenía un amplio jardín en un costado de la casa. Lo cuidaba primorosamente, dedicándole las mejores horas del día como una parte fundamental de su existencia. Todas las mañanas saludaba a sus flores con una sonrisa y las acariciaba tiernamente, y les quitaba cualquier hierba mala que estuviera acechándolas. Ellas parecían celebrar alborozadas la presencia de mi madre. Había una gran variedad: rosas chinas, gladiolos, geranios, claveles, crisantemos, margaritas, dalias y otras especies que adornaban el año entero nuestra casa. Las personas que nos visitaban no podían evitar la fascinación del jardín, y ella sentía un orgullo muy particular, cercano a la felicidad. Era como su mundo propio. Nadie podía ingresar al jardín sin su consentimiento. Una vez, persiguiendo los colores de una mariposa, me extravié en sus laberintos, y ella me rescató de un brazo, y llena de horror y de indignación me advirtió que no volviera a intentarlo. Tampoco permitía que sus flores se vendieran. “Son mis hijas – solía decir- y siendo mis hijas, ellas no tienen precio”. Solamente cuando alguna amiga suya o un buen vecino fallecía, sus manos se atrevían a violentar el jardín. Con tristeza infinita, piadosamente, solía arrancar las flores hasta completar un ramo de diferentes colores, y personalmente las llevaba y depositaba sobre el pecho del difunto. Mi padre le recriminó muchas veces por esta mezquindad, pero ella solía defenderse diciendo que en este mundo solamente el jardín era suyo.

Un día mi madre decidió marcharse y tuvimos que regar sus flores con nuestras lágrimas. Todavía la recuerdo yéndose, impávida, por el largo camino del pueblo, con todo el jardín encima.

Santos Vergara

Escritor salteño