lunes 23 de febrero de 2009

QUINO: "Mafalda"



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domingo 16 de noviembre de 2008

Microcuentos inéditos de la próxima obra de Manuel Arduino: “EL AIRE DE LOS ABISMOS”




LOS PASOS


Caminó dos pasos y el abad retrocedió dos pasos.

Caminó cuatro pasos y el abad retrocedió cuatro pasos.

Retrocedió seis pasos y el abad avanzó nueve pasos y cuando estuvo al lado del acólito le dijo:

-Para acercarse a la esfera de la verdad es preciso mantenerse en nuestro verdadero lugar y desconfiar de toda inútil temeridad.

El discípulo agachó la cabeza avergonzado.

El abad prosiguió:

-Pero lo más importante es saber que este lugar nunca es nuestro verdadero lugar.




EL PRIMER INVENTO


-¿Alguien sabe cuál fue el primer invento del hombre?

-Creo que fue la rueda.

-Ese fue su segundo invento. El primer invento del hombre fue el error.

-¿El error?

-Una vez que inventó la rueda ya era demasiado tarde y el error llegó mucho más lejos de lo que el hombre más sabio de la tierra jamás podía imaginar.




EL ALMA DE UN BESO


¿Respeto y solidaridad? Cuando un hombre va a morir, cuando un hombre pobre, un mustio capullo del que se ha escapado la mariposa, está a punto de ser abrasado por las benditas llamas de la muerte, nadie resigna su orgullo ni cede un milímetro en su afán de pendencia y de pavoneo.

En esta ciudad de cien mil aromas delirantes, en que los santones se desdibujan al resol caminando quedamente tras sus dioses venerables, sólo cuenta un hombre que ha perdido todo: el poco de esperanza que le quedaba, su mujer y sus hijas, el alud de amigos ruidosos que lo acompañaba a todas partes.

La estación del monzón acabó con la casa y con las vidas de tan pálida existencia. Y sólo el último beso de la pequeña Radhija, a la noche, mientras la arropaba entre las sábanas turquí que le hilé con mis propias manos; sólo el beso de la pequeña ardilla de mis días de dicha quedó estampado para siempre en el alféizar de mi alma.

Ni siquiera las llamas de la liberación me arrebatarán el beso maravilloso de mi simiente.

Los besos de mi mujer fueron faisanes de un verano de color desmedido, colores húmedos de un verano.

Los besos de mis amigos, sus mejillas sudorosas, los besos en las plantas de los pies del saddhu que venía todos los años en peregrinación; los besos rituales al icono de la diosa del Ganges, todo eso se extinguió. No hay pasión ni memoria redentora en nada de eso.

Mi alma anhela las febriles llamas.

Y ahora, una vez que rocíe mi cuerpo con brea, antes de aproximarlo a la antorcha, en el sitio desquiciado donde una vez se irguió la morada de la niña de mi beso, ahora, con mis labios coriáceos, beso el polvo del camino.

Beso una y otra vez el polvo que también baja de la montaña, con las turbias aguas del río fundamental.

Beso el reseco cenagal y me vuelvo el hálito de las pequeñas deidades de la brisa.

Ahora cuando encienda el fuego en mi cuerpo postrero, aquel beso final abrirá las puertas del oscuro valle de la muerte. Y a través del amor de mi hija muerta seré conducido a los pies del Supremo Destructor, de Shiva, el Magnífico.

Y cuando esté a sus pies, a los pies de quien todo lo abate, lo oblitera, lo aniquila, le pediré una cosa. Una sola gracia.

Que aquel beso se transforme en un alma humana en quien alguna vez mi corazón –un nuevo y eterno corazón- pueda deleitarse.

Que vuelva a nacer cuando ella nazca.

Porque quiero nacer en una nueva tierra y amar una nueva alma, capaz de besar tan hondo como los vientos que enmarañan los picos de los montes sagrados y las magras hierbas donde antes pastaba mi peregrina vaca.




LOS JURAMENTADOS


Los juramentados son la misma cruz, pero no exhiben crucifijo.

Absorben la cadena de los segmentados en las terribles ordalías nocturnas sobre el lecho de Procrustro, hasta la línea más expandida de la esfera interior.

Son rebeldes de toda náusea sacrosanta y de los favores del mundo, pero son dóciles ante la nutricia vaca que pace al sol. Ante la clepsidra y el dédalo.

Los juramentados convierten los espejismos en documentos de identificación y los traducen a la ingenuidad humana.

Convierten los barrotes en deseos satisfechos, las celdas en cámaras del yo. Y, por sobre todo, los caminos pedregosos en el paso que comunica la mente con el corazón.

Pontífices prodigiosos del arco iris interior.

¿Cómo realizan esos prodigios?

El juramento sellado transportó a la quintaesencia del espacio el secreto del mundo de la acción.

Los juramentados enseñan ese secreto dibujando en la arena flores de todas las denominaciones y en el idioma perfecto, la única palabra, la palabra “no”.

Poderosa palabra, raíz de toda creación. Faro del Esplendor.




EL HIJO DEL CHAMÁN


El hijo del chamán estaba loco.

Se había adherido a la secta del crucifijo.

Los espíritus del bosque atormentaban a su padre.

Sólo había un camino.

Debía padecer la locura que consume al hombre pálido.

Debía embriagarse con las palabras de credos absurdos.

Con la energía de la arrogancia universal.

El chamán no impidió que se marchara.

Sólo le preparó el caballo.

Después bebió de la bebida secreta.

Y se refugió en el reino que lo estimulaba a la acción.

Y desde allí vio a su hijo vestido de negro, a pie, a caballo, profesando la fe más tortuosa de la tierra.

El espesor de la demencia iba a desaparecer un día.

El espíritu del cuervo sería el dios de su hijo en adelante.

Aunque el sacerdote no lo supiera.

Un chamán hace votos perpetuos, tiene cargas y faenas perpetuas.

Y los espíritus cumplen y exigen lealtad.

Un dios aéreo y protector del pájaro negro para su hijo.

Y en el bosque los espíritus sentirían beneplácito.

Con el tiempo puede que los hombres pálidos adorasen al espíritu del cuervo, al espíritu que es la corona del linaje del ave caprichosa.

Eso era algo muy superior que rendirle culto al espíritu de los cadalsos, de la luna y de las cruces.

Al espíritu nauseoso de los arribistas metafísicos, de los hombres barbados que materializaban sus motivos de fe. De los hombres de muy poca fe.


Manuel Arduino








viernes 12 de septiembre de 2008

OLIVERIO GIRONDO



“Nocturno”


Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos.
Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo,
y cuál será la intención de los papeles
que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras,
y en que las cañerías tienen gritos estrangulados,
como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa,
al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras,
y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas,
tienen algo de siniestro
y uno quisiera rozarse a las paredes,
como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.





O. Girondo

Buenos Aires, (1891-1967)








jueves 21 de agosto de 2008

ANTONIO NELLA CASTRO


“Canto a Salta”


Allí donde galopa el Mojotoro-(rio salteño) y la tierra se entrega en un sonoro perfume a palo santo, hay una tierra algarrobera, hay un terruño toro, que sube rumbo al canto, usando el corazón por estribera.


Hay un país con melgas y muchachos, encendido de ceibos y lapachos, hay un ámbito de nido, sabroso como humita envuelta en chalas, un limite de machos, que monta hecho alarido, en el humo animal de las bagualas.

Hay un pais de pelo de una laya, donde habitan la ulua y la papaya, una comarca amicha (siamesa), que acollara la selva con la puna, y en épocas de chayas fermenta como chicha, en la fresca de la luna.


Es un país que baja con las aguas tirando como flechas a sus guaguas al centro del paisaje. Donde esconden sus mieles las colmenas, con veranos como fraguas, que yescan el obraje, y le dan un amargo gusto a pena.

Es un país con bueyes y senderos, por donde silban largo los hacheros, y de tuscas y mistoles que descargan mazorcas de chicharras, con hondos chalchaleros y changos de guitarras, hondeando lagartijas y colcoles. (col-col-pájaro que emite un canto símil a esa palabra)

Sus días son ardidos y guasunchos, (corvados) y bajan hasta el techo de los ranchos tusandoles la giba. Y tienen en las calidas mañanas un pozo de caranchos cavado cielo arriba, en busca de distancias artesianas.


El hombre es solo un árbol que camina, nada mas que una verde “cina-cina” que vive como puede. Es solo un árbol con los ojos fijos, una carnal harina que amasa y nos concede, el pan siempre barato de los hijos.

Es un árbol morrudo que se mueve, casi un “cebil” (árbol) que diariamente llueve su sombra a chaparrones. Es un juntador de hachazos que apenas si se atreve a darnos sus canciones y la honrada madera de sus brazos.

Si esta en el “vino alegre”, es TODO SALTA. y el alma se le va cansina y alta, por anchos madrejones. Y ronda crespa entre las selvas bajas, carnosa como palta, moliendo plantaciones, en el lento mortero de las cajas.

Y si en el “vino bravo” se divierte, buscándole las patas a la muerte. Y el resto que le queda se lo pone lo mismo que un anillo, para hurgonear la suerte, tirando una moneda que gire con la vida en el cuchillo.

Su cuerpo es una cuota del paisaje, casi un recodo que se va de viaje,. Es una flauta humana, que cuando el aire o Dios, o alguien la sopla derrama su linaje de música alazana, en el caliente arroyo de la copla.

Es una taba que cayo “pinino”-(de punta en equilibrio), y la dejaron sola en el camino. Es una fértil y fresca agricultura. Es un viejo campesino que viene a nuestro encuentro, con las manos repletas de ternura.


Se parece a la lluvia. Y se parece al río Colorado cuando crece hartado de pereza. Y es familiar en mucho a esos cigarros que veces nos ofrece moviendo la cabeza, igual que tentemozo de los carros.

Es un silencio herido por un grito que quiere acariciar el infinito. Cuando la voz se alarga al lado del caballo y de la huella. Un ávido distrito. Casi una flor amarga, brotando sobre el anca de una estrella.

Yo que llevo su tierra y su tormenta, y es la que a los dos nos emparenta un mismo y limpio techo. Lo tiemblo desde el alma hasta los poros. Y su aire me alimenta entrándome en el pecho, lineal como el mugido de los toros

Cuando miro que llora su corteza, y se le hace resina la tristeza en los troncos mas gruesos por el poco de guiso que le falta me duele su pobreza y hermano hasta los huesos, les digo a los amigos: “Soy de Salta”.

Soy de Salta, sus cerros y sus ríos, De sus valles con claros sembradíos. De sus gentes conformas que llegan con el bombo y con el santo por únicos avios. De sus noches enormes que suben rumbo a Dios y rumbo al canto.

Soy de Salta, de Moldes, de La Poma, de sus tardes con pájaros de goma. De ese viento padrillo que llena mi provincia con su cría. Y del dolido aroma que corta con cuchillo, las simientes de su amable geografía.

Soy de un país hermoso y permanente. Con algo de otoño combatiente metido en sus entrañas. De un país de dulces “quirusillas” que riega su simiente con agua de montañas, para que crezcan alto sus semillas.

Soy tierra, todo tierra pero de ésta. Y se que, carne al mar la llevo puesta, rumbeando al corazón con el alma colgada con los tientos. Por mi se manifiesta y sale hecha un malón de sangre abierta hacia los cuatro vientos.

Soy de Salta, paisanos y hago falta. Tan solamente por que soy de Salta. Mi tiempo se cultiva cuando transita con su alforja al hombro. Y hasta la piel se esmalta. Agatas la saliva me contagia, el sabor con que la nombro.


La tengo de los pies a los cabellos y aspiro en mis pulmones sus resuellos. La siento hasta la cepa. La llevo hecha tonada en el oído, la toco entre mis valles, y escucho que me trepa, juntando continente y contenido.


Porque soy—salteño como todos—mellizos en las penas y en los modos. Cuñados en lo guapos, cumpitas en la aloja y en los puyos. Y hundido hasta los codos me voy hacia el guarapo, por el trapiche azul de los coyuyos.


Porque amamos la tierra por sentida, sabiéndola la carne de la vida. Y el hombre, todo el hombre esta hecho a su entera semejanza. A su misma medida, tal como si su nombre
Fuera el exacto fiel de su balanza.


Porque de tanto andar por las quebradas, nuestra sangre conoce sus aguadas. Y bebe limpiamente. Y bebe con la “chuña” (cigüeña del monte) y el helecho, las flores apretadas que nos mojan la frente, y nos sacian los cantaros del pecho.


La tierra nos conforma la presencia, nos mide la estatura y la existencia. El intimo paisaje. Y alzando su galaxia montonera, nos muestra la querencia, en tanto que el linaje, se sale de la piel tacuara afuera.


Nos grita en el Abuelo y en el Tata. En la gente de bota y alpargata. Nos tienta con su duende. Y al darnos su brutal acometida, igual que garrapata sentimos que se prende, de la parte mas honda de la vida.


Por eso digo siempre: Soy de Salta, soy de Salta paisanos y hago falta.


Antonio Nella Castro





jueves 14 de agosto de 2008

SARA SAN MARTÍN


"Hilando"

Guardo mis espaldas
con el rocío de cada amanecer.
Yo nada tramo.
En el rincón más olvidado
de la casa
alguien hila por mí
en la Rueca del Sueño.
Ellos, los pescadores
de las redes rotas,
ellos sí.
Traman.
Guardan sus espaldas con azufre
con amuletos de alcanfor.
En la casa vacía
nadie hila por ellos
en el Huso de la Eternidad.




"Infancia ajena"

Breve fuente de risas de mi infancia,
¡amiguito lejano!
Te recuerdo en una siesta
redonda de naranjos.
Huerta en acecho. Fiesta de esa hora
en que dicen los niños;
Agria la voz de zumo y carcajadas,
__ ¡Hemos roto el alambre, hemos robado
frutillas y manzanas!
Es parecido a ti este recuerdo
de tierra ardiente y cielo amordazado.
Y hasta las rubias curvas de la ronda
en el paseo fresco por el parque,
familiar de palomas.
Nada más… que no tuve tal infancia.
¿Y tú?, no sé tampoco dónde estabas.
Por mis ojos oscuros, muchas veces, sabía
que los caminos que aguardaban dentro
llevaban a una siesta con tu alma.





“Necesito el alma del mundo”

Necesito el alma del mundo para llenar mi vida,
pero el tiempo atraviesa por mis ojos
meridianos de lágrimas.

Improviso un otoño que limite mi soledad infinita
y atardecen en notas congeladas
el suspiro y la dádiva.

Así latía yo por cada hombre,
como un inmenso corazón de angustia,
con un solo destellos por el pulso
que aceleraba mi visión de estrella.
Pero iré más allá de cada cosa,
incluida en cada átomo del río.
Quiero hacer una hoguera con mi alma
donde el mundo produzca su deshielo.

¡Si pudiera afrontar cada destino…
o ver a cada hombre sustentado en mi pecho.

Si me cupieran todos los sollozos,
por el gris sobresalto de los niños,
o por cada soldado con un arma,
por cada criatura de la tierra!...
¡Si yo pudiera destruir mi alma
para consolidar el universo!




“En cifra para ella”

El águila tenía el corazón entre sus garras
dijo:
Cómetelo, es tuyo.

Yo no sabía lo que estaba por devorar
pero la solitaria de la cumbre me fascinaba.

Me lo comí
y hace tres mil años que estoy planeando
sin descanso.

El viento, a veces, me lleva hacia los barrancos;
de las horadadas peñas se alzan chillando
bandadas de loros.
Los escandalizo, me rechazan.
Ellos son verdes, sinceramente verdes.
Los respeto por eso,
no se destiñen ni con el sol ni con la lluvia.

Me repliego hacia lo alto
más cerca de ella, mi anfitriona.
Su rapiña me aguarda
su pico y sus garras me arrancarán los párpados
por ese corazón que me he comido.





"Soy una mujer"


Nada vengo a decirte sino que soy una mujer,
me han llenado el corazón de anchura
y tengo para dar desde él, la creación del orbe.

Porque cada estatura o cada molécula,
pertenecen al amor. Es el único arquitecto.
Y es en mi corazón donde Dios dejó olvidado,
el amor que está faltando al mundo.

He venido con mi ternura…
como sosteniendo a un niño.

Sólo los niños tienen el olor a ternura que yo abarco.

No he venido a cantarte…
vengo a darte de mí las regiones más pródigas,
por eso los marineros que navegan mi sangre
abordarán tu barco.
Vine a extenuar mi corazón y mis senos en el mundo,
quiero hacer la criatura terrestre como el mejor presagio.
Haría sonreír al Universo…

oscureciendo mi alma, aunque estés de soslayo,
advirtiendo mi desprovimiento y mi altura.

¡Sólo soy una mujer…
una gran mujer extendida al oriente!

Desde él viene algo hacia mí
y desde mí se proyectan los climas,
y la nueva epopeya solicita en mi sangre
el pasaje del mundo.

Vine a decirte esto:
Tengo el itinerario de tu viaje…
lo tengo yo.

Me llenaron de amor para entregártelo.



Sara San Martín








jueves 7 de agosto de 2008

EMMA DE CARTOSIO


(1928)


"Self Service"


Iba sola y se servía un steak con papas fritas

una fruta quizás pan, y se sentaba junto a la pared

o la vidriera porque iba temprano o muy tarde.

Una mañana llegó con la multitud; su bandeja

tropezaba con gestos actitudes movimientos

y tal vez para huir de sí misma se sirvió nada

sentándose a contemplar sus árboles de Cluny.

Un camarero y la señorita de los tickets

la echaron entre las risas contenidas

de la gente que come comida sin árboles

que bebe sin otoño, que ama sin amor.

Hicieron bien.


E. De Cartosio




lunes 21 de julio de 2008

JUAN LAURENTINO ORTIZ


(1896 - 1978)


"Ella"

Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...


Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su
perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito...


Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...


Mas es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo y la última esencia
con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones y
los latidos
para el encuentro en los abismos...


Mas tiene cargo de almas, y es la comunicación,
el traspaso del ser, "como se da una flor", en el nivel de los
niños,
más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma...


Y no busca nunca, no, ella...
espera, espera toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche...



"Sí, mis amigos, allí en esos rostros"


Sí, mis amigos, allí en esos rostros está el rostro.

El rostro que en la noche, en medio de la tempestad, entre relámpagos,

en medio del martirio, con la sonrisa última muchas veces,

algunos entrevieron y saludaron como un alba.

La poesía también fue, la poesía también es, un llamado en la noche,

tímido o firme, pero un llamado hacia ese rostro.

Acaso la belleza esté allí. Estamos seguros de que la belleza está allí.

En ese resplandor que casi vuelve imprecisos los rasgos.

Sin velos. Como la luz de las aguas y de las flores en un puro mediodía.


O como la del corazón que ha encontrado su centro.

Y las manos; ah, las manos que sufrieron las cadenas y sangraron, las manos,

son aquellas, sí, aquellas que allá tejen la guirnalda del sueño

a lo largo de la tierra en la casa común.

Veis los dedos ahora finos afiebrados en torno a de los tallos y de los pétalos,

y de los pulsos precisos, y sobre las “páginas que defienden su blancura”,

y sobre los silencios, tantos silencios, que luego han de cantar?

Veis el gesto abierto hacia la colina que despierta como una novia o como una hija?

Veis el gesto desvelado sobre el paisaje de las infinitas respuestas

en la escala toda, relativa del vértigo?

Pero veis sobre todo, pero sentís sobre todo,

que por las manos ahora fluye, recién fluye, la corriente,

la clara, la profunda corriente en que la criatura puede mirarse de veras y ver el infinito?


Sí, mis amigos, allí en esos rostros está el rostro.

La belleza está allí, nuestra belleza.




"Nada más que esta luz"

Nada más que esta luz, otoño.

Nada más que esta luz.

El éxtasis, el éxtasis,

entre el cielo y la tierra, suspendido,

mejor: que se abre y se dilata como un alma

profunda pero de una

claridad delicada de serenos

pensamientos sensibles.

Nada más que esta luz, otoño,

otoño, nada más que esta luz

que penetra sutil

las cosas

pero queda

alrededor de ellas, como temblando,

sensitiva y casi pudorosa.

Nada más que esta luz, otoño.

¿Es de todos esta luz?

La calle humilde está

traspasada, y como elevada,

ligera,

en esta dicha etérea.

Pero a todos llegas, otoño,

a todos llegas en esta tarde

en que hay manos translúcidas y eternas

que hacen signos tiernos en el aire?



Juan L. Ortiz








jueves 17 de julio de 2008

TABARÉ - GUINZBURG




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martes 1 de julio de 2008

FACK


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domingo 29 de junio de 2008

SANTOS VERGARA



"La Sirvienta"

Vendrás a mí, como siempre, envuelta en el silencio de tu cansancio, con tu aroma de cebollas y lavandina en los dedos, con tu sonrisa de coral y azúcar, buscando en mis brazos la tibieza de otra tarde. Y nos iremos juntos, tocándonos las manos, caminando por las veredas anónimas del pueblo, mientras mi bicicleta irá rodando su celo a nuestro lado y las sombras vendrán a la distancia lamiendo nuestras huellas.

En la plaza, buscaremos el banco de siempre y allí instalaremos el estremecimiento de nuestra ternura, mientras los últimos pájaros buscarán refugio entre los árboles y una constelación de faroles se encenderá a nuestro alrededor. Entonces miraré en silencio la humedad de tus ojos, hundiré en la noche de tus cabellos mis dedos todavía manchados de cal, secaré una a una tus lágrimas con mis besos y te nombraré mi reina para siempre. Qué importa, mi vida, que tu patrona haya comentado a su vecina, entre irónica y medieval, que el sujeto que merodea la puerta de servicio “es el peor, es nada de mi sirvienta”. Cuando sea realidad el castillo que soñamos y sea nuestro el príncipe que la habite, ya no necesitarás volver a la sombra de esa casa con fachada de paraíso y corazón de infierno.


Santos Vergara



"El perro"


Dejamos la fiesta en su plenitud. Afuera la noche era inmensa y gratificante. Las paredes parecían flotar en la oscuridad. Hasta nosotros llegaban los retazos de música, la caótica alegría de los otros. Las flores de tus trenzas me guiaban. Ibas adelante, como una sombra entre las sombras, por un camino en pendiente que sólo tus pies conocían. Lejos quedaba el tajo de luz por donde nuestros cuerpos habían escapado. ¡Cómo lloraban los erkes sobre el pueblo dormido! Alrededor se alzaban los cerros como catedrales fantasmales. Yo iba aferrado al hilo de tu risa, ascendiendo hacia un cielo sin estrellas, buscando el espacio donde pudiéramos desatar toda nuestra ternura. Pero nos detuvo el ladrido de un perro en la ladera, la voz que pronunció tu nombre. De pronto tus manos rozaron apenas mi rostro, como leves mariposas en fuga. Quise atraparlas, pero solamente conseguí un susurro: “¡mañana!”, y tus alas se hundieron en la noche.

Dolorosa fue la tarea de descifrar el camino de regreso. Todavía lastima mi memoria el llanto desconsolado de un perro.

Santos Vergara



"El jardín"


Mi madre tenía un amplio jardín en un costado de la casa. Lo cuidaba primorosamente, dedicándole las mejores horas del día como una parte fundamental de su existencia. Todas las mañanas saludaba a sus flores con una sonrisa y las acariciaba tiernamente, y les quitaba cualquier hierba mala que estuviera acechándolas. Ellas parecían celebrar alborozadas la presencia de mi madre. Había una gran variedad: rosas chinas, gladiolos, geranios, claveles, crisantemos, margaritas, dalias y otras especies que adornaban el año entero nuestra casa. Las personas que nos visitaban no podían evitar la fascinación del jardín, y ella sentía un orgullo muy particular, cercano a la felicidad. Era como su mundo propio. Nadie podía ingresar al jardín sin su consentimiento. Una vez, persiguiendo los colores de una mariposa, me extravié en sus laberintos, y ella me rescató de un brazo, y llena de horror y de indignación me advirtió que no volviera a intentarlo. Tampoco permitía que sus flores se vendieran. “Son mis hijas – solía decir- y siendo mis hijas, ellas no tienen precio”. Solamente cuando alguna amiga suya o un buen vecino fallecía, sus manos se atrevían a violentar el jardín. Con tristeza infinita, piadosamente, solía arrancar las flores hasta completar un ramo de diferentes colores, y personalmente las llevaba y depositaba sobre el pecho del difunto. Mi padre le recriminó muchas veces por esta mezquindad, pero ella solía defenderse diciendo que en este mundo solamente el jardín era suyo.

Un día mi madre decidió marcharse y tuvimos que regar sus flores con nuestras lágrimas. Todavía la recuerdo yéndose, impávida, por el largo camino del pueblo, con todo el jardín encima.

Santos Vergara

Escritor salteño




viernes 16 de mayo de 2008

JORGE LUIS BORGES


"El amenazado"


Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor, la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.


Jorge Luis Borges

Borges, Jorge Luis:

El oro de los tigres, 1º Edición, Buenos Aires, Emecé Editores, 2005.





martes 6 de mayo de 2008

LANGER


"La justicia"

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martes 22 de abril de 2008

GALILEA



Ilustración del poema "La Veta", de Manuel J. Castilla.



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MANUEL J. CASTILLA


"La Veta"


Aquí arriba está la veta,
¿la ve señor ingeniero?
A esta hora siempre parece
una víbora durmiendo.


Así como usted la ve
ella también lo está viendo.
Y aunque la destroce toda
de golpe en golpe el barreno,
mientras más se la desgaja
su cola sigue creciendo,
como que abajo ya está
viva en el nivel 300.


Aquí arriba está la veta
arrime usted su mechero,
que por quererla matar
nos vamos quedando adentro.


Aquí arriba está la veta,
¿la ve señor ingeniero?




"Sueño"


Madre: tu niño no sueña
porque ya es niño minero.
Téjele unos escarpines
con el hilo más risueño
para que si viene el frío
no se te haga más pequeño.


Madre: tu niño ya es hombre
y no quiere que lo veles.
Tu niño juega una ronda
de plomo y andariveles.




"La Palliri*"


Qué trabajo más simple que tiene la palliri.
Sentada sobre el cáliz de su propia pollera,
elige con los ojos unos trozos de roca
que despedaza a golpes de martillo en la tierra.


(Un silencio nocturno le trepa por las trenzas
y oscurece la arcilla de sus manos morenas).


Qué inútil que sería decir que en sus miradas
hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencia;
que pudo ser pastora de las nubes
y se quedó en minera,
que pudo hilar sus sueños por las cumbres
viendo bailar la rueca.


La palliri no canta
ni tampoco hila sueños.
La mirada en la tierra
y en la cabeza el cielo
de mañana y de tarde
busca sólo el silencio,
y cuando está a su lado
lo quiebra contra el suelo.


Y no sabe que a ratos, entre sus brazos recios,
se duerme el martillo como un niño de hierro.



*Palliri: Mujer que selecciona los minerales.


Manuel J. Castilla
(1918-1979)
Salta - Argentina







viernes 18 de abril de 2008

MARÍA INÉS DÁVALOS


"No olvidarán"


Me digo, al contemplar el desmedido

pedazo de Universo que me toca,

que a nada temo, y siento que en la boca

la Nada se disuelve. No he mentido.


Invento, sin embargo, haberme asido

al humano temor en que trastoca

el Hombre, su esperanza: la más loca,

la de no regresarse del olvido.


No olvidarán las hojas, ni las sombras,

ni la arena en el viento enloquecido,

que me azota la cara y no me nombra.


No olvidará el silencio que he partido

ni el sideral espacio que me asombra

porque no puedes olvidarme, olvido.

María Inés Dávalos