domingo, 16 de noviembre de 2008

Microcuentos inéditos de la próxima obra de Manuel Arduino: “EL AIRE DE LOS ABISMOS”




LOS PASOS


Caminó dos pasos y el abad retrocedió dos pasos.

Caminó cuatro pasos y el abad retrocedió cuatro pasos.

Retrocedió seis pasos y el abad avanzó nueve pasos y cuando estuvo al lado del acólito le dijo:

-Para acercarse a la esfera de la verdad es preciso mantenerse en nuestro verdadero lugar y desconfiar de toda inútil temeridad.

El discípulo agachó la cabeza avergonzado.

El abad prosiguió:

-Pero lo más importante es saber que este lugar nunca es nuestro verdadero lugar.




EL PRIMER INVENTO


-¿Alguien sabe cuál fue el primer invento del hombre?

-Creo que fue la rueda.

-Ese fue su segundo invento. El primer invento del hombre fue el error.

-¿El error?

-Una vez que inventó la rueda ya era demasiado tarde y el error llegó mucho más lejos de lo que el hombre más sabio de la tierra jamás podía imaginar.




EL ALMA DE UN BESO


¿Respeto y solidaridad? Cuando un hombre va a morir, cuando un hombre pobre, un mustio capullo del que se ha escapado la mariposa, está a punto de ser abrasado por las benditas llamas de la muerte, nadie resigna su orgullo ni cede un milímetro en su afán de pendencia y de pavoneo.

En esta ciudad de cien mil aromas delirantes, en que los santones se desdibujan al resol caminando quedamente tras sus dioses venerables, sólo cuenta un hombre que ha perdido todo: el poco de esperanza que le quedaba, su mujer y sus hijas, el alud de amigos ruidosos que lo acompañaba a todas partes.

La estación del monzón acabó con la casa y con las vidas de tan pálida existencia. Y sólo el último beso de la pequeña Radhija, a la noche, mientras la arropaba entre las sábanas turquí que le hilé con mis propias manos; sólo el beso de la pequeña ardilla de mis días de dicha quedó estampado para siempre en el alféizar de mi alma.

Ni siquiera las llamas de la liberación me arrebatarán el beso maravilloso de mi simiente.

Los besos de mi mujer fueron faisanes de un verano de color desmedido, colores húmedos de un verano.

Los besos de mis amigos, sus mejillas sudorosas, los besos en las plantas de los pies del saddhu que venía todos los años en peregrinación; los besos rituales al icono de la diosa del Ganges, todo eso se extinguió. No hay pasión ni memoria redentora en nada de eso.

Mi alma anhela las febriles llamas.

Y ahora, una vez que rocíe mi cuerpo con brea, antes de aproximarlo a la antorcha, en el sitio desquiciado donde una vez se irguió la morada de la niña de mi beso, ahora, con mis labios coriáceos, beso el polvo del camino.

Beso una y otra vez el polvo que también baja de la montaña, con las turbias aguas del río fundamental.

Beso el reseco cenagal y me vuelvo el hálito de las pequeñas deidades de la brisa.

Ahora cuando encienda el fuego en mi cuerpo postrero, aquel beso final abrirá las puertas del oscuro valle de la muerte. Y a través del amor de mi hija muerta seré conducido a los pies del Supremo Destructor, de Shiva, el Magnífico.

Y cuando esté a sus pies, a los pies de quien todo lo abate, lo oblitera, lo aniquila, le pediré una cosa. Una sola gracia.

Que aquel beso se transforme en un alma humana en quien alguna vez mi corazón –un nuevo y eterno corazón- pueda deleitarse.

Que vuelva a nacer cuando ella nazca.

Porque quiero nacer en una nueva tierra y amar una nueva alma, capaz de besar tan hondo como los vientos que enmarañan los picos de los montes sagrados y las magras hierbas donde antes pastaba mi peregrina vaca.




LOS JURAMENTADOS


Los juramentados son la misma cruz, pero no exhiben crucifijo.

Absorben la cadena de los segmentados en las terribles ordalías nocturnas sobre el lecho de Procrustro, hasta la línea más expandida de la esfera interior.

Son rebeldes de toda náusea sacrosanta y de los favores del mundo, pero son dóciles ante la nutricia vaca que pace al sol. Ante la clepsidra y el dédalo.

Los juramentados convierten los espejismos en documentos de identificación y los traducen a la ingenuidad humana.

Convierten los barrotes en deseos satisfechos, las celdas en cámaras del yo. Y, por sobre todo, los caminos pedregosos en el paso que comunica la mente con el corazón.

Pontífices prodigiosos del arco iris interior.

¿Cómo realizan esos prodigios?

El juramento sellado transportó a la quintaesencia del espacio el secreto del mundo de la acción.

Los juramentados enseñan ese secreto dibujando en la arena flores de todas las denominaciones y en el idioma perfecto, la única palabra, la palabra “no”.

Poderosa palabra, raíz de toda creación. Faro del Esplendor.




EL HIJO DEL CHAMÁN


El hijo del chamán estaba loco.

Se había adherido a la secta del crucifijo.

Los espíritus del bosque atormentaban a su padre.

Sólo había un camino.

Debía padecer la locura que consume al hombre pálido.

Debía embriagarse con las palabras de credos absurdos.

Con la energía de la arrogancia universal.

El chamán no impidió que se marchara.

Sólo le preparó el caballo.

Después bebió de la bebida secreta.

Y se refugió en el reino que lo estimulaba a la acción.

Y desde allí vio a su hijo vestido de negro, a pie, a caballo, profesando la fe más tortuosa de la tierra.

El espesor de la demencia iba a desaparecer un día.

El espíritu del cuervo sería el dios de su hijo en adelante.

Aunque el sacerdote no lo supiera.

Un chamán hace votos perpetuos, tiene cargas y faenas perpetuas.

Y los espíritus cumplen y exigen lealtad.

Un dios aéreo y protector del pájaro negro para su hijo.

Y en el bosque los espíritus sentirían beneplácito.

Con el tiempo puede que los hombres pálidos adorasen al espíritu del cuervo, al espíritu que es la corona del linaje del ave caprichosa.

Eso era algo muy superior que rendirle culto al espíritu de los cadalsos, de la luna y de las cruces.

Al espíritu nauseoso de los arribistas metafísicos, de los hombres barbados que materializaban sus motivos de fe. De los hombres de muy poca fe.


Manuel Arduino